Gracias por todo Señor. Pero no he entendido absolutamente nada.

Con esta frase de un inexistente escritor llamado Paravadin Kharjappali, es que cierra una de las experiencias más íntimas y originales que nos ha dado el cine este año. Resumiendo a la perfección lo que muchos hemos sentido a lo largo de estos meses llenos de incertidumbre, en donde lo único que tenemos asegurado, es el hoy. My Mexican Bretzel resulta ser un proyecto muy peculiar gracias a la impecable visión de su directora, Nuria Giménez, quien luego de encontrar por casualidad horas y horas de material fílmico en formato de 16mm y 8mm entre las pertenencias de su difunto abuelo, se enfocó en estudiar y analizar cada fotograma a su disposición. Fue aquí donde esta directora estaba completamente convencida de una cosa: utilizaría estas filmaciones siempre y cuando no fuera para crear un documental y contarnos algo sobre la vida de sus abuelos, sino para crear algo completamente diferente en su lugar.

Este trabajo nos muestra una serie de imágenes donde dos figuras cobran protagonismo, a quienes se les ha bautizado como León y Vivian Barrett, mientras los vemos viajar a lo largo de distintas ciudades del mundo y disfrutar los placeres (o tristezas) de la vida. Cabe resaltar que la película es prácticamente muda, pero cuenta con una narración en forma de subtítulos supuestamente extraídos del diario de Vivian, los cuales nos ofrecen cierta perspectiva sobre lo que estamos viendo. En palabras de la directora, se utilizan ficciones para contar verdades.

«Una memoria es su propia cosa cada vez que es recordada. No es absoluta. Las historias basadas en eventos reales a menudo comparten más con la ficción que con los hechos. Tanto la ficción como las memorias son recordadas y contadas nuevamente. Ambas son formas de historias. Las historias son la forma en que aprendemos. Las historias son el cómo nos entendemos el uno con el otro. Pero la realidad ocurre solo una vez.» Iain Reid

El experimento resulta ser muy interesante pues estamos ante una mezcla de lo que es un falso documental y el cine experimental, donde la realidad y verosimilitud de sus imágenes convergen y son moldeadas a través de un montaje sumamente cuidado, convirtiendo estos momentos en algo que va más allá de unas simples vacaciones familiares. Se juega con el concepto de lo que son la memoria y los recuerdos en todo momento. Memorias que han sido editadas y modificadas para crear una nueva verdad, una nueva realidad. En el proceso, la película adquiere vida propia y sus protagonistas, una nueva identidad. Por ende, nos convertimos en cómplices de esta irrealidad que ha logrado mantenernos absortos en nuestros pensamientos, estableciendo un vínculo de intimidad entre nosotros y el filme.

En mi opinión, este tipo de conexiones son bastante difíciles de crear con cualquier forma de arte, pero cuando esto llega a ocurrir, nos sirve como indicador de la autenticidad de la obra en cuestión. A través de la creatividad, sensibilidad y talento de Nuria, My Mexican Bretzel funciona como un lindo recordatorio sobre lo que verdaderamente significa hacer cine. Sobre cómo la magia de este bello arte a veces puede estar escondido en los lugares menos esperados. Donde solo hace falta librarnos del convencionalismo que se ha adueñado del cine en las últimas décadas.

En palabras de Vivian Barrett:

Prefiero la libertad del olvido a la esclavitud de la memoria.

FIC Monterrey 2020: Review de 'My Mexican Bretzel'
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